Saturday, 4 March 2017

Las máquinas expendedoras no tienen manzanas porque no las compras

Están en el colegio, en el trabajo, en el metro y en el centro de salud. Se encuentran en cada esquina, aunque pasan desapercibidas a nuestros ojos. A veces, cuando el hambre asalta, buscamos esa vitrina de colores que con un poco de calderilla nos deja caer un producto barato y apetecible. Otras, el mero hecho de tenerlas tan presentes, tan cerca, nos enciende el apetito.

Las máquinas expendedoras son los tótems modernos; escaparates a los que nos asomamos encandilados por una bolsa de patatas campesinas, un sándwich con dudosa mayonesa o latas rellenas de agua con azúcar. Entre sus recovecos apenas tienen cabida las frutas o verduras, como si fueran elementos destinados a no entenderse. Y el motivo es muy sencillo: porque no los compramos.

Caros, perecederos y poco atractivos

“El 'vending' saludable es deficitario”, reconoce Raúl Álvarez, gerente de Serriver, una empresa dedicada al negocio de las máquinas expendedoras. Aunque cada vez hay más conciencia por incorporar productos con bajas calorías y más aporte nutricional, sobre todo en los centros de trabajo, sigue siendo una opción minoritaria en las estanterías: “Desde hace tres años notamos que las empresas nos piden más cosas saludables, pero la realidad es que luego no se vende, la oferta no acompaña a la demanda, nos falta concienciarnos”.

Susana Santiago, doctora nutricionista de la Universidad de Navarra, coincide con esta valoración: “Incluir estos productos implica ciertas desventajas para los operadores: los frescos son más perecederos, su coste es mayor y la aceptación por parte del consumidor todavía no es la misma”.

En Fru&tube, una empresa madrileña fundada hace menos de un año que empaqueta fruta y verduras en tubos de plástico, se están encontrando precisamente con la reticencia de los operadores: "Muchos todavía son reacios porque para la fruta necesitan arcones de refrigeración y eso eleva el precio. Es más fácil vender Coca Colas", explica Carlos Méndez, uno de los dueños, que se inspiró en una funda de pelotas de tenis para el diseño del formato de venta.

Envases de Fruitube.

Por eso, han decidio apostar por máquinas propias solo con fruta. La primera está ya operativa en el Club de Fútbol de Alcorcón y ya planean otra en la Universidad Carlos III. "Esto nos permitiría bajar el precio al consumidor, pero por supuesto también hace falta concienciación", añade. Un pack de tres mandarinas en uno de estos tubos cuesta entre un euro y euro y medio, el mismo precio que un kilo en cualquier supermercado. “El que está acostumbrado a tomar fruta no paga ese dinero, se lo lleva de casa, y nosotros no podemos ajustar más el margen”, considera Álvarez de Serriver.

Ante la falta de alternativas, la relación entre “comida basura” y el 'vending' sigue automática, porque su influencia en nuestras rutinas alimentarias está ampliamente demostrada: “Primero en el hábito de picotear entre las comidas principales y segundo, por hacer más accesibles ciertos alimentos como refrescos, zumos, bollería industrial, aperitivos salados, dulces, etc”, explican desde la Universidad de Navarra, donde tienen una campaña para concienciar sobre la alimentación que sale de los puntos de 'vending'. Sin embargo, para Javier Quintero, jefe de servicio de psiquiatría del Hospital Universitario Infanta Leonor, donde tratan trastornos alimentarios, su uso no puede considerarse causa de la obesidad, aunque sí la facilitan: “En la obesidad influyen muchos factores, pero también la alimentación que hay disponible, y tener hidratos de carbono tan accesibles, como es el caso de las máquinas, tampoco ayuda”.

El 'vending', un negocio en auge

La proliferación de estos puntos de comida fácil viene aparejado al ritmo de vida actual: “Ya no vamos a comer a casa y muchas veces no tenemos ni tiempo para hacernos un 'tupper' o cenamos una pizza congelada; el 'vending' es el último escalón de esa forma de vida”, explica Álvarez.

Esta industria facturó moneda a moneda 2.020 millones de euros en 2015 a través de los cerca de medio millón de unidades que hay por toda España. Uno de sus desafíos es mostrar una imagen más saludable, aunque sea con productos que den el pego sin dejar de seducir a la gula. “Los sándwiches siempre han sabido reinventarse y aprovechar ese componente de 'sano', pero cada vez hay más cosas: palitos con pipas, tortitas de maíz...”, reconoce Álvarez. Sin embargo, las apariencias engañan: una bolsa de esos palitos horneados, tiene las mismas calorías que una de patatas fritas (152 frente a 162 por cada 30 gramos), por mucho que su envase sea verde.

Por regla general, las empresas no ganan dinero con la incorporación de una máquina de 'vending' en sus oficinas. Las operadoras las instalan de manera gratuita y obtienen beneficios de lo que se vende. A menudo, de hecho, la empresa pide precios más bajos para sus empleados y aportar ellos la diferencia. No es el caso de hospitales, universidades y otras máquinas instaladas en sitios públicos, donde, al revés, piden poner el precio más caro para llevarse una comisión y financiarse. El 'vending' público acapara la mayor parte de la facturación, con 1.610 millones de euros.

Limitadas en los colegios

Pero el lugar de explotación que más preocupa a los nutricionistas son los colegios. En España, la ley de seguridad alimentaria y nutrición recoge que en escuelas infantiles y centros escolares no se permitirá la venta de alimentos y bebidas con un alto contenido en ácidos grasos saturados, ácidos grasos trans, sal y azúcares. Además la Asociación Nacional Española de Distribuidores Automáticos (Aneda), firmó en 2005 un convenio por el que sus miembros se comprometían a no ubicar máquinas en zonas de fácil acceso para niños de primaria e infantil, eliminar la publicidad para no incitar al consumo de determinados productos y sustituirlos por mensajes de alimentación saludable.

No es el caso de los institutos, donde a menudo se instalan como alternativa a la clásica cafetería. Según un estudio del Centro de Control y Prevención de Enfermedades de Atlanta, el 18% de los estudiantes de secundaria compraba 'snacks' o refrescos dos o más veces a la semana en lugar del almuerzo, y aunque había disponibles opciones sanas, la mayoría prefería patatas, galletas, gominolas o bebidas isotónicas. Aunque nuestro consumo aún esté lejos de los índices estadounidenses, sí refleja una tendencia.

Sin embargo, Quintero no culpa a estos instrumentos, si no a la educación de todas las partes. “El porcentaje de sobrepeso será el mismo con o sin máquina, porque el que esté concienciado se va a llevar su pieza de fruta. Es lo mismo que en la televisión, por poner un programa educativo en lugar de un 'reality', la gente no va a ponerse a verlo, porque prefieren ver 'Gran Hermano'”, asegura. “Además, por comer de vez en cuando un hidrato rápido no pasa nada, el problema es si abusas”.

Un sector rodeado de tópicos

Golpear la máquina porque se ha quedado con nuestro dinero, o asociar el café a ir al baño 'ipso facto' son algunos de los tópicos con los que ha tenido que lidiar la industria, que quiere revertir esa imagen para convertirse en el espacio más amigable de las empresas. “La serie 'Camera Café' cambió un poco esa percepción, de repente se veía como un sitio donde pasaban cosas, donde la gente socializaba, tenía un componente positivo”, señala el gerente de Serriver.

La popular serie Camera Café estuvo cuatro años en antena.

Lejos han quedado, eso sí, los estantes dedicados a las cervezas. Desde hace años ya no pueden introducirse bebidas alcohólicas en los centros de trabajo, aunque durante un tiempo las empresas bordearon la prohibición con picaresca. “Cuando empecé, hace 15 años, era muy habitual que las máquinas tuviesen cerveza 'escondida': todo el mundo sabía que dando al botón de Fanta de naranja, por ejemplo, en realidad salía cerveza. Se hacía en connivencia del operador y la empresa para evitar las inspecciones”, explica Álvarez.

Aun así, nuevas ideas no les faltan y las marcas adaptan y crean cada vez más productos pensando en estos cajones automáticos. Y no solo de alimentos: ya están presentes en farmacias con productos de parafarmacia, en la calle con artículos de 'sex shop' y también en supermercados con comida precocinada. Hasta hay quien se ha atrevido con algo tan casero como los cachopos asturianos.

Las ventas de alimentos y bebidas crecen cada año en torno a un 6%, y se calcula que lo sigan haciendo en los próximos ejercicios, según datos sectoriales de DBK Informa. Las únicas pérdidas son las de las expendedoras de tabaco (que representan el 52% del sector), en torno a un 0,9%, aunque las operadoras soliviantan este descenso con la venta de alimentos.

Por eso, introducir opciones saludables que sean, además, atractivas para el consumidor se convierte en un desafío necesario para las operadoras, acompañando la cada vez más extendida conciencia por comer sano. “Lo recomendable sería que al menos el 50% de los productos fueran alternativas sanas”, asegura Santiago, para quien mejorar la información al consumidor y aumentar su visibilidad dentro de las máquinas será clave para conseguirlo.


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