Wednesday, 15 March 2017

"La gente se dirige a los gordos como si fueran personas normales con la comida"

La dieta más famosa del mundo lleva su nombre y, sin embargo, no es nutricionista. El ‘docteur’ Pierre Dukan es en realidad neurólogo, pero desde hace más de 40 años se gana la vida escribiendo libros sobre comida. Lleva ya 19 ‘bestsellers’ (aunque ningún artículo publicado en una revista científica) y los ‘dukanianos’ que intentan adelgazar con sus métodos se cuentan por millones.

Desde que murió su abuela a causa de un coma diabético, guarda rencor a los azúcares. Su guerra declarada contra la obesidad, su ‘marketing’ efectivo y sus productos dietéticos le han hecho ser un hombre rico en Francia. Desde que corrió el rumor de que modelos, actrices, presidentes y personas vinculadas a la Casa Real británica practicaban la dieta Dukan, su popularidad aumentó al ritmo de los niveles de la obesidad en el mundo.

Las dietas son uno de esos misterios de la naturaleza humana. Todos sabemos cómo perder peso: comer menos y moverse más. Sin embargo, en vez de hacer eso, nos encomendamos a la vía rápida: las dietas milagro, despreciadas por el 'establishment científico’ que Dukan tanto critica. El divorcio es mutuo. El colegio de médicos francés le expulsó en 2014 por haber hecho promoción comercial de su régimen hiperproteico (que propone un regreso a los alimentos de los cazadores-recolectores, las proteínas y verduras), y numerosas organizaciones, incluida la Asociación Española de Dietistas, lo han desaconsejado por “fraudulento” y por ser “un riesgo para la salud”.

El francés (aunque nacido en Argelia) se encuentra en España para presentar su libro ‘Los 6 meses que pueden cambiar el mundo y el futuro de mi hijo’ (Libros Cúpula), en el que, basándose en los últimos descubrimientos en epigenética, propone a las embarazadas un plan para que su alimentación no influya en el riesgo futuro del bebé a padecer obesidad o diabetes.

Fotografía: Miguel Sola.

Dukan, de 75 años, es un hombre encantador. Acude liviano, con un traje impecable y un pañuelo rosa en la solapa, y su sonrisa inunda la entrevista. Sus buenos modales ya han pasado por los platós de televisión más solicitados: desde tertulias en España hasta los programas de la mañana estadounidense, junto con los típicos pacientes que enseñan a la cámara sus antiguos y enormes pantalones: “¡10 millones de franceses no pueden estar equivocados!”.

Aunque es muy precavido con la comida, él no está a dieta; no la necesita.

PREGUNTA. ¿Qué hace un neurólogo como usted en un sitio (la nutrición) como este?

RESPUESTA. Soy un persona demasiado sensible, demasiado empática para tratar a enfermos graves. Los gordos me generan mayor simpatía. Por eso, he pasado mi vida entera luchando contra el sobrepeso, la obesidad y la diabetes, y… ¡'voilà’! Esta es mi vida y no va a detenerse, mientras yo siga respirando. Mi método ha tenido mucho éxito y muchas críticas, normal, porque hay mucha gente implicada en este mercado terrible de consumo e hipocresía.

P. Habla de la obesidad como el mayor asesino en serie.

R. A pesar de los muchos intentos de acabar con el sobrepeso, sigue progresando. Antes de 1970, la diabetes y la obesidad eran relativamente raras. En cambio, ahora afectan a más de 2.000 millones de personas; son una epidemia reconocida. Mis libros han ayudado al máximo número de gente, me he divertido mucho escribiéndolos, pero el combate es difícil. Por un lado, los gordos demandan alimentos que les hacen engordar (porque les sientan bien psicológicamente) y, por otro, los productores de azúcar, galletas y pasteles tratan de conquistarlos. Es difícil acabar con ese ciclo de oferta y demanda.

P. ¿Qué nos ha llevado a esta situación?

R. La sociedad de consumo es rica, pero fría y estresante, y se aleja de la naturaleza fundamental del hombre: de la familia, la religión, la belleza, el grupo, la sexualidad… Por eso mucha gente come para compensar. En 2012, había 2,9 millones de diabéticos, en 2016, 5,5 millones. Casi el doble, ¿hacia dónde vamos? Desde Bretton Woods, los países crearon un nuevo dios: el crecimiento. Cada año, hay que producir más. Para conseguirlo, tiene que haber consumidores que consuman grasas por placer o por la publicidad y la propaganda que les meten en sus cabezas. Nuestro modo de vivir es muy cómodo, pero no calienta el corazón.

P. Y usted, ¿no forma parte de esa misma industria alimentaria que ahora rechaza?

R. Soy como el que fabrica antibióticos o vacunas. Al no poder parar la sociedad de consumo, la abrazamos. Nuestros productos —sin harina blanca ni azúcar— rompen el monopolio de los fabricantes poderosos como Kraft-Heinz o Mars.

P. La suya es también una lucha política.

R. Como la economía es dirigista, pues toca la tecla adecuada, la que convenga. Basta con que el Gobierno decida si un producto es bueno o no, pero claro, si hacemos eso, bajamos la producción. En este escenario, hay una lucha entre una sociedad que quiere que la máquina siga produciendo y el individuo que quiere ser feliz. La sociedad es tan fuerte que llega a hacer creer que la felicidad se encuentra en el consumo.

P. Ahora que se avecinan elecciones en Francia, ¿qué candidato lo está haciendo mejor en materia alimentaria?

R. Me plantea un problema… No sabría qué decirle, es difícil contestar. Ningún candidato ha hablado de alimentación… Ya que estamos, me gustaría ser ministro de Sanidad. Fíjese, en las elecciones anteriores, el presidente François Hollande siguió mi régimen. Perdió 17 kilos y dijeron que eso precisamente le había ayudado a ganar.

P. ¿No cree de verdad que ahora los médicos se toman en serio la obesidad? ¿Que la población está más concienciada?

R. Son medidas de apariencia. Dicen que no hay que tomar demasiados azúcares, que no habría que comer tantas grasas, que hay que hacer ejercicio… Pero sus palabras se las lleva el viento. La prueba es que cada vez hay más obesos y diabéticos. Los gordos tienen que hacer régimen o cirugía de estómago. Porque si les decimos que pueden comer de todo, que coman lo que quieran, con tranquilidad, de forma equilibrada… pues cada año tendremos más enfermos.

P. Su régimen hiperproteico ha recibido multitud de críticas precisamente por lo que estaba comentando: no es nada equilibrado. ¿Lo considera dieta milagro?

R. Me encanta lo de milagro, ¿por qué no? Mi dieta es lo mismo que cuando uno está enfermo y se mete en la cama. No es normal meterse en la cama, tampoco mi régimen. Es algo evidente. Yo no comprendo cómo no se entiende fácilmente. Si uno coge 20 kilos y le dices: bueno, come de todo un poco… pues no funciona. El problema es que la gente se dirige a los gordos como si fueran normales. Me refiero a temas de comida. Yo voy a un restaurante y cuando como con un obeso, come deprisa, mucho, con ansiedad, placer y ganas, porque lo que quiere es llenarse y que su estómago se sienta bien.

P. La Asociación Española de Dietistas y Nutricionistas (AEDN) tachó su dieta de “ilegal” y “fraudulenta”.

R. Cuando mi libro salió en España, se vendieron un millón y medio de ejemplares, y los sindicatos estallaron en cólera. La gente leía el libro por 10 euros, adelgazaba y no iba al nutricionista. Es una cuestión de competencia económica. Los sindicatos en España son muy poderosos. En primer lugar, son hombres duros (al contrario que en Francia), están cerca del Gobierno, y piensan: “Aquí llega un francés con un libro debajo del brazo y nos quita el trabajo”.

P. Pero su régimen ha recibido críticas en todo el mundo, no solo en España.

R. Mis métodos son influyentes sobre todo en Rusia, Turquía y Brasil. En España, hubo una época en que también, pero me han atacado tanto que… España es el país en el que más críticas he recibido. Un día en el plató de Telecinco conocí al jefe de ese sindicato y fue muy agresivo conmigo: “Usted no es médico”, me dijo. Me puse nervioso y le respondí algo de lo que me arrepiento todavía: “Usted es el presidente de los nutricionistas y es obeso”. “Es una enfermedad”, contestó. “No existe esa enfermedad”, zanjé. A partir de ese día, si pudiera matarme, lo haría.

P. Si usted fuese obeso, ¿seguiría dando lecciones de nutrición?

R. Yo podría, pero ¿quién me iba a escuchar? Mire, se lo voy a explicar con una anécdota: un hombre va a ver a una vidente, llama a la puerta y ella dice: ¿quién está ahí? Así que se marcha. Si es vidente, tendría que saber quién está detrás de la puerta. Sería hipócrita.

P. Tampoco fue muy bien recibida su propuesta de darles mejor nota a los alumnos que mantienen un Índice de Masa Corporal (IMC) sano.

R. La política y, por tanto, la educación están muy ligadas a la economía. Antes de las pasadas elecciones, hice 120 recomendaciones. Había una que decía que los que aprueben la selectividad francesa con un peso normal, deberían ganar algún punto más en el examen. Sería una motivación para adelgazar. Fue decir eso y el cielo me cayó encima: que si era discriminación…, de todo me dijeron.

P. Ahora, en su nuevo libro, argumenta que nacemos predestinados a la obesidad o la diabetes por la alimentación de nuestra madre.

R. La epigenética ha descubierto que el comportamiento y la presión del ambiente que nos rodea permite a los genes adaptarse, no cambiarlos, pero sí transformar su expresión [el fenotipo]. Hoy en día, las embarazadas comen igual que cualquier persona. Esta alimentación sobrecarga al páncreas del feto, sobre todo en los meses fundamentales cuarto y quinto, lo cual hace que el niño, cuando nazca, sea más gordo de lo normal. En 1970, el peso medio de un recién nacido era de tres kilos; ahora es de 3,5 kilos. Todo esto viene, para mí, de la gestación.

P. ¿Está de acuerdo la comunidad científica (esta vez) con sus nuevos métodos?

R. En el libro cito muchos trabajos científicos. La OMS va por la misma dirección: que algunas enfermedades actuales como el cáncer, la diabetes o el alzhéimer son programadas ya en el vientre de la madre. La OMS va a tardar 20 años en difundir los resultados de su estudio. Pero yo tengo prisa, así que por eso publiqué mi plan. Tan solo les pido a las embarazadas que durante seis meses vigilen su alimentación; que coman como lo hacía su abuela, como antes de que existiesen los productos procesados. En vez de pan blanco, pan negro. En vez de zumos, fruta. Nuestra genética tiene todo previsto, excepto este mundo azucarado en el que vivimos. Eso la ha pillado por sorpresa.

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Al final de la entrevista, Dukan se cerciora de que el periodista sabe que su nuevo libro no propone una dieta, sino recomendaciones para la madre: “No vaya a ser que me lluevan de nuevo las críticas”.


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