Monday, 27 February 2017

Por qué los 'runners' no pueden deshacerse del sentimiento de culpa por lo que hacen

Los detractores del cristianismo suelen señalar que su concepto de la culpa ha penetrado en todos los ámbitos de la cultura occidental, consiguiendo que el pecado original inherente a la condición humana haya atemorizado durante siglos al hombre. 21 siglos después, los modernos urbanitas experimentan un sentimiento semejante que proviene de una religión que hoy en día se cimenta con tantos adeptos –o incluso más– que la fe católica: se trata del ‘running’.

Prácticamente todos los aficionados a la carrera han experimentado en un momento u otro lo que se conoce como “la culpa del corredor” que conduce a la llamada “carrera culpable” ('guilt run’). La página ’Urban Dictionary’, que recoge con sentido del humor estas nuevas palabras, lo define como “una carrera que se emprende para aliviar la culpa”. Quienes la llevan a cabo lo hacen por dos razones: en primer lugar, para sentirse un poco mejor después de haber incurrido en un comportamiento en teoría inapropiado (comer demasiado o consumir alcohol), pero también para competir con sus compañeros de carrera.

No hay forma de sentirse bien, señalan muchos 'runners’, puesto que todo minuto que se pasa sin dedicarlo al ejercicio es un minuto desperdiciado. Es la trampa de las exigentes rutinas de entrenamiento: puesto que cuanto más esfuerzo hagamos, mejores marcas obtendremos, sentimos continuamente una especie de FOMO ('fear of missing out’) deportivo, que nos lleva a pensar que estamos malgastando nuestro tiempo sin parar.

“La culpabilidad del corredor es un sentimiento familiar para casi todos los corredores”, señala un artículo recién publicado en 'Outside Online’ que ha circulado entre la comunidad ’runner’. “Es esa sensación visceral de que nos falta algo cuando nos saltamos una carrera. Hay una casilla en algún lugar de nuestro interior que no hemos marcado. Incluso aunque esté en la cama tosiendo flemas en un pañuelo, escucho esa voz acuciante de culpa recriminándome que no tengo la disciplina necesaria”.

Correr a todas horas para sentirse… normal

“Me ocurre casi todos los días”, explica Josie en ’Millenium Running’. “Me siento culpable cuando corro. Me siento culpable cuando no corro. Me siento culpable todo el tiempo. Pero la culpa la tiene el 'running'”. La corredora señala que su afición no le cansa tan solo físicamente, sino también mentalmente, ya que le obliga a buscar continuamente huecos en su horario –o a eliminar actividades para poder salir a correr–, algo que termina afectando a todos los aspectos de su vida cotidiana.

¿Y si estuviese haciendo algo más provechoso? (iStock)

En principio, parece tan fácil como adoptar como alguna de estas dos soluciones: o tratarlo como si fuese una especie de adicción, y por lo tanto, intentar callar la voz tomando conciencia de que el 'running’ no lo es todo, o aliviar la tensión interna calzándose las deportivas y el chándal. Pero ¿qué ocurre cuando tenemos otras obligaciones familiares, laborales o de otra índole que entran en conflicto con la necesidad de salir a correr? “Pasar dos horas viendo a mi hijo jugar al fútbol me hace sentir culpable”, explica Josie. “Podía haber empleado ese tiempo en dar vueltas alrededor de la pista”. No es solo que prefiera correr a estar con su retoño, sino que también se siente mal con sus amigas, especialmente si pide un cocktail alcohólico. ¿Cómo se le ocurre?

Esta infatigable voz interna ocasiona un problema muy claro en las pautas de entrenamiento: si el deportista se salta una carrera, es muy probable que tienda a hacer un sobresfuerzo la próxima vez que salga a la pista, o que adopte rutinas perjudiciales que terminen causándole una lesión. Como explicaba nuestro experto en 'running’ Daniel Camiroaga, los errores más frecuentes entre principiantes son intentar ir demasiado rápido y demasiado pronto y, sobre todo, no respetar los descansos, que son tan importantes o más que la rutina de ejercicio en sí.

Siempre se puede correr un poco más, mejorar aún más nuestras marcas o quemar unas calorías más, especialmente en la era en la que los ’wearables’ cuantifican hasta el último de los pasos que damos. Ocurre a menudo cuando alguien se encuentra preparando una carrera como la San Silvestre. Laura Hill desvela en la página australiana ’ExecutiveStyle’ lo mal que se siente por no verse preparada para la maratón de dentro de cuatro semanas. “Esta desazón penetró en mi cabeza después de un par de semanas de mal tiempo y mucho lío en el trabajo, que hicieron difícil que completase mi plan de entrenamiento”.

Cuando te sientes mal… por correr

Hay otra posibilidad: que nos sintamos culpables precisamente por correr. Es lo que manifiesta Sam Robinson, el autor del artículo de 'Outside Online’. “Hay una forma alternativa, menos conocida, de la culpa del 'runner’, una sensación que surge porque precisamente uno corre”, recuerda. “Emerge con el reconocimiento de que el ’running’ es en sí mismo un lujo, y uno que tiene un coste real”. Se trata del otro lado de la moneda de Josie: si esta se sentía mal por ver a su hijo jugando al fútbol, Robinson lo hace por saber que tener remordimientos en dicha situación sí que es vergonzoso.

“Se trata de un sentimiento incómodo que nos embarga cuando nos damos cuenta de que corremos a costa de nuestra familia, nuestra carrera profesional y nuestros amigos”, explica. “Solo hay una cantidad de tiempo limitada en el día, y la culpa es la conciencia amenazante de que hemos elegido destinar una gran parte de él a nosotros mismos”. En principio, correr con amigos o compañeros debería ayudarnos a marcar límites, pero en el caso de Robinson es más bien al revés.

Si sales a correr con amigos, es posible que te piques y sea aún peor. (iStock)

Hay una constante tensión entre alcanzar nuestros objetivos deportivos y el resto de metas vitales, y a menudo se resuelve a favor de lo primero. Es relativamente habitual que el corredor aficionado se descubra preguntándose “¿quién te crees que eres? No eres Mo Farah. Has perdido tu oportunidad, si es que tuviste alguna”. El sentimiento de culpa que emerge en dichas ocasiones es aún peor, puesto que corremos para sentirnos bien, pero como le ocurre a Robinson, en ese momento recordamos que no tenemos dinero ahorrado en el banco y por lo tanto deberíamos dedicar nuestro tiempo a algo más productivo. Un círculo vicioso del que es muy difícil salir. ¿Es posible?

Cuatro consejos para no obsesionarnos

Uno de los psicólogos que han estudiado la culpa del 'runner’ es Michael Inglis, que dirige 'The Mind Room’, una comunidad 'online’ centrada en rendimiento deportivo. Este recuerda en 'Executive Style’ que tan importante como cuidar el cuerpo resulta hacer lo propio con la mente. Tres son los peligrosos síntomas de que el 'running’ se nos está yendo de las manos:

Sobrecompensación. Si nos hemos saltado una carrera un día, tendemos a hacer un esfuerzo aún mayor en nuestra siguiente sesión.Abandono. Puede que llegue el momento en el que salir a correr nos provoque tantos sentimientos negativos que prefiramos dejarlo por completo. Si no mantenemos una relación mentalmente sana con la práctica deportiva, es muy probable que la abandonemos.Baja autoestima. La culpa está relacionada de manera estrecha con la imagen que muchas personas tienen de sí mismas. Debido a que correr ha pasado de ser una actividad deportiva más a convertirse en una cuestión identitaria, si no alcanzamos nuestros objetivos podemos llegar a pensar que hemos fracasado como personas.

¿Cómo evitar sentir la culpa del 'runner’?

Objetivos y rendimiento. La mayor parte de guías para principiantes recomiendan fijar unas metas concretas, pero es posible que aunque sean razonables terminen convirtiéndose en otra obsesión. Inglis recomienda que nos preguntemos “¿para qué corro de verdad?”, puesto que nos ayudará a ver con perspectiva nuestra práctica deportiva y a recordar que el 'running’ no lo es todo.Prioriza. Correr puede ser exigente, pero no por ello debe hacernos dejar de lado otros aspectos de nuestra vida. Quizá nunca corramos una maratón, pero a cambio, estaremos disfrutando de nuestra familia y amigos, o simplemente, de un merecido y obligado descanso.Piensa en tus objetivos. El problema de plantearse metas es que estas terminen siendo inamovibles, lo que puede provocar que, si nos damos cuenta de que no vamos a alcanzarlas, las abandonemos por completo. Es preferible ser un poco flexibles y bajar el listón que retirarnos.Vigila tu lenguaje. ¿Cuántas veces hemos pronunciado o escuchado “tengo que ir a correr” o “debería irme al gimnasio”? Lo que nace como una feliz afición termina convirtiéndose en una obligación y, por extensión, si no podemos cumplir con nuestros exigentes horarios, en un negativo sentimiento de culpa.
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